El estructuralismo como corriente lingüística constituye una herramienta indispensable para la crítica literaria pues, permite adentrarse en la estructura interna de la obra a través de sus cuatro niveles (fonológico, morfológico, sintáctico y semántico) permite, además, comprender, desde la lógica y la etiología, el comportamiento de cada una de las grafías que evolucionaron, desde el español del siglo XVII hasta el actual, y por otro lado, regular la ortografía, la misma que desde 1713 fue el objetivo primordial para la preservación del lenguaje por parte de la Real Academia de la lengua Española (RAE).
Es válido recalcar que el estudio lingüístico de la obra literaria permite determinar, en el nivel fonológico, la utilización de cada uno de los signos auxiliares que influyen en los tonemas; del mismo modo, el segundo nivel, el morfológico, permite comprender la función de las categorías gramaticales en la obra literaria; en el nivel sintáctico, en cambio, se analiza la estructura de cada una de las oraciones que matizan, de manera consecuente, el cuarto nivel, el semántico, con el uso de los recursos literarios o tropos.
En el nivel fonológico, por ejemplo, se realiza la lectura del fragmento de Don Quijote, cuya carga emocional predispone al lector a modificar los tonemas, de acuerdo al género literario, el de la parodia; consolidado por los signos auxiliares: la coma, el punto y seguido, el guion, los signos de interrogación, dos puntos, la tilde. En cambio, en el texto lírico Viaje al Parnaso, su lectura está influida por la lógica misma del género lírico, los signos auxiliares y los recursos de la métrica exigen el cambio de tono, caracterizado por la lenta parsimonia y el tono de voz sutiles.
